Story
El otoño de sus diecisiete años
Todo empezó el otoño de sus diecisiete años. Sin aquel encuentro, el pintor de nihonga Hiromitsu Kato no habría existido.
Desde niño le gustaba dibujar. Una línea negra corre sobre el papel en blanco y se levanta un mundo. Animales imposibles, plantas extrañas, seres muy alejados de lo real: en el mundo del papel todo aquello existía sin duda. Allí había libertad.
Un día su madre le dijo que fuera al parvulario y él se negó con violencia. Como el hijo insistía —no podría dibujar—, ella acabó por perder la paciencia: «Si no vas al parvulario, te encierro en el almacén». Había entonces, en el patio de la casa, un viejo almacén de adobe. Pero él era distinto. Cogió papel y lápiz y entró por su propio pie en el almacén. No salió hasta que cayó la noche.
Desde que decidió ser pintor apuntó a las escuelas de arte de Tokio, pero no lograba elegir especialidad. La única técnica pictórica que conocía entonces era el óleo. Tres meses antes del examen de acceso, en unos grandes almacenes de Sendai, se topó con el nihonga. Al verlo, lloró. Lloró sin importarle las miradas. A los diecisiete años había encontrado por fin la técnica más adecuada para expresar su mundo.
Tras tres años de preparación ingresó en la Universidad de Arte de Tama y estudió a fondo la técnica del nihonga, en la licenciatura y en el máster. Trazar la línea con tinta china; fijar sobre papel japonés, con cola animal, conchas y piedras semipreciosas molidas; aplicar el color. Como los materiales eran caros, recortaba en comida para comprarlos. El año en que terminó el máster medía 1,80 m y pesaba apenas 55 kilos.
Ya titulado, empezó a presentarse a los grandes salones japoneses y a recibir premios. Pero ese reconocimiento se detenía en las fronteras del país. Su meta era llegar a ser «un maestro universal»: que la galería Gagosian de Nueva York lo reconociera habría sido alcanzarla. Sin contactos ni medios, ¿cómo lograr un reconocimiento internacional? Pese a las dudas, se apartó del circuito oficial de la pintura japonesa y se abrió camino a tientas.
En 2009, con motivo de una colectiva en España, pisó por primera vez suelo español. Un crítico al que conoció allí lo elogió públicamente ante la prensa local y le dio un consejo: «Si quiere salir al mundo, tiene que pintar muchas obras de gran formato. Las suficientes para llenar la galería Gagosian, que es del tamaño de una sala de conciertos». Y terminó diciéndole: «Espero el día en que vuelva a España con esas obras grandes».
En 2011 alcanzó un territorio nuevo: cerezos de pétalos innumerables, radicalmente distintos de su pintura anterior, basada en la línea. Siguiendo aquel consejo, aceleró el ritmo de producción para multiplicar las piezas. Pasó de una a dos individuales al año, se exigió más y siguió produciendo.
Y en 2019 volvió a pisar suelo español. Como había prometido, con varias obras de gran formato. «Me ha llevado diez años, pero por fin he cumplido mi promesa», dijo sonriendo a la prensa local. La individual celebrada en el Centro Cultural Hispano-Japonés de la Universidad de Salamanca fue un éxito.
Llegó la primavera. En Tokio los cerezos ya estaban en plena floración, pero cerca de su taller, en las montañas de Saitama, aún no. Tras un breve descanso volvió a coger los pinceles. Para marzo del año siguiente tenía cerrada una individual en un museo de Yokohama: pensaba llenar toda la sala con obra nueva. Aquella noche le dijo a su mujer: «Ya está todo». Había terminado suficientes obras para cubrir los muros de la Gagosian, le contó a quien lo había acompañado más de la mitad de su vida y mejor lo entendía. Para ella, que siempre había sostenido su sueño, era sin duda una buena noticia.
Dos días después, Hiromitsu Kato murió a los 62 años. Por una extraña coincidencia, aquel día era el cumpleaños de su mujer. Todos lamentaron que fuera demasiado pronto, que todo estaba por empezar. Pero él había transmitido y dejado cuanto hacía falta: aquellas palabras —«Ya está todo»— y las obras. El testigo pasó a otras manos. El sueño de aquel muchacho que lloró a lágrima viva ante una pintura nihonga sigue en las manos de quienes quedaron.