Story
Lo que confío a la arcilla blanca
La cerámica de Ecchū-Seto arranca en el sueki de hace mil años y suma ya 430 años de historia. Esa larga continuidad se ha sostenido sobre la variedad de arcillas que se dan al pie del monte Tateyama. Todavía hoy extraemos y empleamos arcillas que distinguimos por su color: pardas, amarillas, azules y rojizas.
Entre ellas hay una que puedo llamar especial: la arcilla blanca. No tiene hierro, su grano es fino y resiste temperaturas muy altas. Cocida en la parte más caliente del horno de ascenso (noborigama), sigue siendo cerámica y, sin embargo, se acerca a la finura de la porcelana. Un documento de hace 430 años ya la menciona: en aquellos primeros tiempos su uso estaba reservado en exclusiva al horno oficial de los Maeda, señores de Kaga.
Desde los veinte años, movido por la belleza de la cerámica china y coreana, he trabajado en los antiguos centros alfareros de Corea. De los cuencos de té hechos en la península, los llamados kōrai-jawan, me atrajo el color del esmalte, sí, pero también el sabor que cada tierra adquiere en la cocción.
Al levantar un cuenco de té en el torno de alfarero, hay tierras que suben bien pero se resisten a abrirse a lo ancho: cada una tiene su carácter. Y sin embargo, cuanto más se afirma una tierra, más atractivo es el rostro que acaba mostrando. Creo que la tarea esencial del alfarero es conocer el temperamento del barro y sacar su atractivo aceptando a la vez sus virtudes y sus defectos.
Con los años se ha ido afianzando en mí la idea de que la mejor tierra es la de Tateyama, donde nací y crecí. De niño seguía a mi abuelo Shōjirō cuando subía en primavera, con la nieve recién fundida, a cavar arcilla en la montaña. Se juzgaba la tierra probándola con la lengua; a mí me cargaban a la espalda una porción pequeña y me sentía ayudando en el trabajo.
Cuando tomo la arcilla blanca en las manos, el pensamiento se abre al paisaje de esta tierra, a la historia que la ha formado, a su cultura. ¿Qué expresar con este barro? No hay límite, ni arriba ni abajo. A través del trabajo del barro quiero explorar —o más bien fijar— lo que hay dentro de mí, y seguir expresando esa oración serena que busco, para crecer con ello.